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Un proceso electoral de espaldas a la gente
Por Angel Ibarra (*)
El 12 de marzo recién pasado culminó un proceso electoral singular: los grupos de poder saben que su modelo ya no es hegemónico y están pasando rápidamente al “control social”, y esta vez utilizaron todo su potencial, desarrollando una campaña política irrespetando de manera descarada las reglas del juego que ellos mismos han definido; mientras el partido de izquierda, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), desconociendo el gran potencial político del pueblo, planteó una campaña en términos claramente electorales sin tejer acuerdos con los sectores mayoritarios de la población víctima de los cuatro gobiernos “areneros”.
En esta ocasión, Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) perdió política y electoralmente. Saca perdió el referéndum sobre su gestión que él mismo fabricó. Unos curules y alcaldías más para su partido es una ganancia pírrica que no se corresponde con los millonarios gastos en publicidad, su deformación como Presidente de la República ni con el fraude ni el desprestigio que tuvo que padecer el Tribunal Supremo Electoral (TSE). Los demás partidos de derecha, el Partido de Conciliación Nacional (PNC) y el Partido Demócrata Cristiano (PDC), otra vez ganaron lo necesario para seguir cobrando por sus votos en la Asamblea Legislativa y los así llamados del “centro”, apenas lograron el mínimo para seguir vivos en su palestra.
A pesar que mantuvo una votación similar a la del año 2004 y obtener 32 diputados, el FMLN no ganó políticamente. Tampoco cultivó ni ganó una votación de castigo a Saca. Otra vez desaprovechó la oportunidad de construir alianzas políticas con otros sectores, de acumular fuerzas políticas y sociales necesarias para frenar y derrotar el brutal modelo neoliberal impulsado por ARENA.
Aquí, suceden dos cosas. Al centrarse en el plano meramente electoral el FMLN no ve la necesidad de alianzas con sectores u organizaciones que no sean partido político, puesto que al no tener bandera que marcar, éstos no suman, según su criterio. Mientras, las distintas expresiones del movimiento social, débil, disperso y celosos de crecer con autonomía, tampoco valoran los logros que pudieron obtenerse en una jornada de lucha político electoral.
Así los hechos, la agenda de los distintos componentes del movimiento social pasó desapercibida y congelada durante los meses que duró la campaña. Ningún partido se refirió a la falta de acceso al agua ni a los desastres cotidianos –como inundaciones o sequías- que sufre gran parte de la población, ni a las penurias que pasan las mujeres, los niños (as), para tener acceso a los servicios públicos básicos. Todos los partidos hicieron campañas “políticamente correctas”; es decir, trataron los temas de mayor puntaje en las encuestas.
Lejos estamos en El Salvador, de lo que ocurre en el Sur de nuestras fronteras, donde el alto nivel de lucha política y social anti-neoliberal desarrollado por trabajadores (as), campesinos, indígenas, empleados, los sin tierra, iglesias, organizaciones de comunidades y barrios, piqueteros (as), mujeres y ambientalistas, entre otros, se vuelve fuerza electoral y ha conducido a la llegada al gobierno a la izquierda partidaria, como en Brasil, Uruguay y Bolivia; o favorece proyectos progresistas como en Haití, Costa Rica, Perú y Ecuador.
Para florecer en la lucha por “Un otro El Salvador”, el creciente y diversificado movimiento social debe avanzar en su politización, recuperando la práctica política desde abajo, en la calle, en la comunidad, en el barrio, en la protesta; fortalecer su unidad en la lucha anti-neoliberal respetando su diversidad y autonomía, y ensanchar sus alianzas. Es decir, volverse sujeto político y dejar de ser una masa de votos que pueden capturarse mediante campañas publicitarias.
(*) Angel Ibarra es director de la Unidad Ecológica Salvadoreña (UNES)