Triunfo histórico de la izquierda en El Salvador

Catedral de San Salvador
Catedral de San Salvador

Un paso adelante en la democracia: Triunfo histórico de la izquierda en El Salvador

Por Lina Pohl

 ¡¡¡Si se pudo¡¡¡, gritaban los partidarios del FMLN ante su candidato, el ex periodista Mauricio Funes, en el momento que pronunciaba su discurso de aceptación del triunfo. Con el 91% de los votos escrutados, y de acuerdo a datos preliminares del Tribunal Supremo Electoral, el FMLN cuenta con el 51.2% de los votos, frente al 48. 7% del partido gobernante ARENA.


Las expectativas para el cambio en este país estaban fundamentadas en dos elementos principales. Por un lado, las señales “moderadas” del FMLN –liderado por militantes del ex Partido Comunista-, no sólo con la nominación de un candidato independiente como el periodista Mauricio Funes, sino también en el conjunto de sus declaraciones y propuestas programáticas. Algunas incluso llevadas al extremo –quizá en el afán de conseguir un caudal mayor de votantes- como por ejemplo su llamado Plan de Rescate Moral, que ubica a “Dios como centro y motor del cambio” y determina algunas acciones contrarias a los principios enarbolados por este partido antes de la campaña electoral.


Pero por otro lado, las expectativas del cambio estaban cimentadas también por la insensibilidad, la corrupción y los abusos de poder del gobierno de ARENA, que sumado a la precaria situación económica del país, agravada por la crisis económica internacional, ha provocado un desgaste del partido en el gobierno, favoreciendo los anhelos de cambio en la población salvadoreña.


Los resultados electorales indican que la población respondió a esta “cambio seguro” –lema utilizado por la campaña- ofrecido por el FMLN y su candidato Mauricio Funes, denotando no solo su molestia y decepción por el alto costo de la democracia y por sus escasos resultados en términos de bienestar social y económico, pero también –y esto indica el elevado porcentaje de votos obtenidos por el oficialismo- el aprecio por los ofrecimientos de estabilidad no sólo macroeconómica pero también política y social.


Desde luego, lo más notable de este proceso electoral fue el comportamiento de la ciudadanía, inesperado para la mayoría de analistas políticos. En efecto, el día de las elecciones pudimos constatar un enorme contraste entre la campaña política impulsada por un lado por los principales medios de comunicación y los partidos -sobre todo de parte del partido gobernante, pero también de la izquierda- y por otro el comportamiento ciudadano.


En algunos momentos de la campaña, previo al día de las votaciones, la impresión era que El Salvador entraría en un ciclo de violencia grave. La campaña política, fue calificada por muchos observadores internacionales como una campaña sucia, llena de acusaciones sin prueba y plagada de violaciones flagrantes al débil código electoral. El Jefe adjunto de la Misión de Observadores de la Unión Europea, José Antonio de Gabriel, declaraba a funcionarios de la HBS, que esta misión estaba sorprendida con el comportamiento de los medios, y de los funcionarios de gobierno, que continuamente hacían campaña política, violando las más elementales normas de cualquier contienda electoral democrática. La presencia del Presidente de la República Elías Antonio Saca un día antes de las elecciones, en un canal de televisión en donde llama al voto de acuerdo a los mismos principios con los que ha gobernado su partido, o las declaraciones del presidente del Tribunal Supremo Electoral del mismo partido ARENA, en donde duda de que el FMLN respetará los resultados electorales, son elementos que ahondan en estas violaciones a las normas básicas de cualquier democracia representativa. Quizá por esto, casi 5.000 observadores nacionales e internacionales se desplegaron por todo el territorio nacional, para dar seguimiento a estas elecciones, asegurar el respeto de la voluntad popular y evitar –en la medida de lo posible- enfrentamientos de la ciudadanía que podría verse afectada por sospechas de fraude.


Contrario a esta campaña electoral, en los centros de votación de todo el país, se podía ver un despliegue de colores, camisetas y distintivos alusivos a los respectivos partidos políticos. Sin tener aún datos oficiales, se estima que casi el 70% de los salvadoreños concurrió a las urnas para dar su voto, sin que se registraran actos relevantes de violencia política. Las Juntas receptoras, hicieron el conteo de los votos con mucha seriedad, y salvo algunas excepciones, en general lograron ponerse de acuerdo sobre aquellos votos que serían anulados o impugnados.


El discurso de aceptación de Mauricio Funes ha respondido a este llamado de atención de la ciudadanía a la política y a los políticos. "Este día ha triunfado la ciudadanía que creyó en la esperanza y venció el miedo. Esta es una victoria de todo el pueblo salvadoreño" dijo el mandatario electo. Funes ha dicho que gobernará para todos, que llamará a la unidad nacional, especialmente en estos momentos de crisis económica global, y que trabajará de la mano con la oposición. Ofreció el respeto a la propiedad privada, a los empresarios, pero dijo que gobernará sobre todo para las grandes mayorías populares excluidas. En un discurso de respeto frente a sus adversarios, ofreciendo trabajar de la mano con el actual presidente Elias Antonio Saca para hacer una transferencia pacífica y productiva y llamó a que estos resultados fueran un “nuevo acuerdo de paz y reconciliación”. Por su parte, el candidato del partido gobernante, Rodrigo Avila, pocas horas después del discurso de Funes, reconoció su derrota y afirmó que los resultados los consideraban producto de “los vaivenes de la democracia”.
Los restos para el nuevo gobierno de Funes son enormes. En primer lugar, este gobierno deberá responde

r a las expectativas de una población que quiere el cambio en momentos muy difíciles a nivel internacional. No solo por la crisis económica global, que impondrá una dinámica difícil para el futuro gobierno, sino sobre todo porque en los vientos actuales, las sociedades quieren más Estado, pero con poca política transformadora. Los diversos actores juegan a la política pero sin asumir los riesgos de quien está dispuesto a realizar los valores en los que cree. Se habla siempre de un “cambio seguro” que peligrosamente puede convertirse en cambios poco significativos o improvisados al arrastre de los acontecimientos.
En segundo lugar, este gobierno se enfrenta a una sociedad en donde la cultura antidemocrática ha prevalecido y no ha podido ser desterrada. No se ha aprendido a pactar y hacer acuerdos de cara a la sociedad, y menos aún acuerdo de largo aliento. El Parlamento y el gobierno de la ciudad capital están ahora en manos de la oposición, lo que coloca al ejecutivo en peligro de inmovilismo más que de avance.


En tercer lugar, además de las sobreexpectativas y de la dificultad de pactar con la oposición, el nuevo gobierno deberá resolver las diferencias que le han caracterizado con su partido. Fue solamente, a la luz de la derrota electoral de la capital, que fue posible para Funes pactar con sectores moderados de la izquierda y centroizquierda, lo que sin duda generó algunos insumos importantes para su futuro equipo de gobierno y para las oportunidades para el entendimiento, en un país cuyos resultados electorales demuestran un gran nivel de polarización.


Así, el gobierno de Funes, más que en otros períodos de la historia, necesitará de la unidad nacional, de acuerdos importantes en temas trascendentales –como el de la violencia por ejemplo- y profundizar la gobernabilidad del país. El sabe que solamente con estos elementos se podrá manejar de forma adecuada los destinos de la nación. La gran pregunta es si este gobierno logrará conformar una izquierda democrática que logre cambiar las condiciones del país, y un balance adecuado entre desarrollo y democracia, en medio de una crisis económica cuyos peores efectos aún no han sido vistos en El Salvador.


Por ahora, El Salvador ha dado un paso más en la consolidación de la democracia. Se trata no sólo del cambio o la alternancia de un partido a otro, tan saludable para cualquier sistema político. Se trata también, de la inauguración de un nuevo método de hacer las cosas para tratar de resolver los problemas urgentes que la sociedad demanda: crisis económico social; falta de empleo y alto nivel delincuencial. Es imprescindible en este nuevo escenario insistir en el respeto de las reglas del juego por todos los actores y en la inconveniencia de cambiarlas en mitad del partido. Por eso el papel de la oposición y en general de la ciudadanía, como contralora del nuevo gobierno es esencial. Pero además, en eso el nuevo gobierno de Funes se ha encargado ya de dar señales de estabilidad a la sociedad salvadoreña. Durante la campaña política, un tercer actor relevante, además de los dos contendientes fue sin duda Hugo Chávez. Constantemente, se trató de ligar a Funes y al nuevo gobierno del FMLN con la conformación de una nueva dictadura en el continente latinoamericano al estilo de Chávez. El lema utilizado por la derecha “Yo no entrego a El Salvador” intentó generar miedo en la población sobre los posibles retrocesos en algunas libertades democráticas. Como reacción, Funes insistió en todo momento que su nueva política estaría más orientada a un estilo de gobierno al estilo del presidente Brasileño Luis Inacio Lula da Silva. El que su esposa sea amiga personal del presidente Lula, exrepresentante del PT en la región, y que sus asesores de campaña hayan sido prioritariamente conformada por Brasileños, ayudó sin duda alguna a corroborar esta idea en el imaginario del electorado salvadoreño. Seguramente que su política exterior estará marcada por estas relaciones.


La elección del 15 de marzo parece marcar el final de una etapa en la vida política salvadoreña. Se evidencia un interesante giro hacia la izquierda que reflejaría tanto el descontento y la desesperanza que surgen por las insuficiencias de los últimos 20 años de gobierno y las amenazas futuras que se presentan, como el reconocimiento de la necesidad de un cambio en el país. Si la oposición logra definir un rumbo de país, de colaboración con el nuevo gobierno, y no de bloqueo, podría estar abriéndose la posibilidad de un nuevo tipo de acuerdo político que me parece interesante y positivo: un acuerdo que logre balancear el dinamismo y bienestar económico, con las necesidades igualmente apremiantes de la equidad y la redistribución; que integre el mejor funcionamiento de los mercados, la apertura y la iniciativa privada, con políticas públicas que garanticen que el desarrollo sea solidario, para todos. El Salvador está frente a una oportunidad histórica, y que funcione depende de todos.

Lea aquí un documento anterior de Lina Pohl sobre las elecciones »

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